El 11 de marzo del 2004 a mi mujer por casualidad le cambiaron el turno de trabajo y ese día no fuimos juntos a trabajar, por lo que yo decidi salir 5 minutos antes. Esos 5 minutos salvaron mi vida, pero no así a algún compañero de trabajo que hacía también el mismo recorrido, en general a ninguna de las CIENTO NOVENTA Y DOS personas que perdieron su vida ese día, todas con nombres y apellidos, con sus respectivos padres, muchos con hermanos otros con hijos… A eso le añadimos las cientos de personas que quedaron con secuelas que duran a día de hoy, tanto físicas como psicológicas.
Las “cosas” que realizaron ese brutal atentado no pueden ser consideradas personas, y por tanto no deben vivir entre nosotros. Los que han demostrado tal desprecio por la vida de los demás debe pudrirse en una celda oscura y mohosa sin volver a tener trato con el ser humano, cosumiendose como animales. Por eso las condenas de 30.000 años me dan risa, porque en España se quedarán es unos 20, sale barato cortar de cuajo unos 8.000 años de niños y adultos, la mayoría simples curritos que iban ese día a trabajar, ajenos de falsas ideologías religiosas, intereses políticos y demás bazofia en que luego se convirtió todo eso.
El problema es que el CIENTO NOVENTA Y DOS al final se queda en 192, un simple número y una página web: www.madrid11demarzo.org y algo que se estudiará en los libros. Pero a los que han perdido a una persona ese número era su hijo, su amigo, su primo, su hermano, su compañero, su madre, su padre… y eso no se olvida.
Creo en el perdón, pero para los que se arrepienten, no para los que se orgullecen de esa masacre.
