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Sal a vender, ¡cojones!

Sábado, Abril 4th, 2009

Me sumo a la moda de empezar con un titular que tenga tacos o palabrotas, a ver si sirve para que la gente espabile.
Si, tú, que estás todo el día quejándote de lo mal que van las cosas, la caida de la bolsa, la falta de dinero… deja de lamentarte y sal de una puta vez a vender, que es como se solucionan las cosas. Claro, sé que es difícil, que poca gente compra en estos días, que todo el mundo baja los precios y es duro competir.

Os adjunto fragmento del libro “Radical” de Ricardo Semler, que hace poco me paso Antonio González Barros.

Puse un anuncio en la prensa, reclamando un jefe de ventas. Y de ese modo conocí a Harro Heyde. Era un tipo extraño. Muy alto, propenso a la calvicie, los cristales de sus gafas eran tan gruesos como el fondo de una botella de Coca-Cola. No tenía un solo traje formal y la ropa que vestía parecía sacada al azar del rincón de un armario oscuro y húmedo. En nuestra primera entrevista me dijo que le entusiasmaba cocinar –el coq au vin era su especialidad-, que vivía fuera de la ciudad con su esposa, que resultó ser instructora de paracaidismo, y dos niños pequeños en un chalet de estilo bávaro. Allí elaboraban su propio pan y criaban -¿por qué no?- pollos.

[-..] Sus credenciales parecían suficientemente extrañas para lo que yo pensaba: alguien que revolucionase nuestro departamento de ventas.

Harro empezó a vender en su primer día en Semco y jamás se detuvo. Pasaba ante la mesa de un representante y preguntaba cómo progresaba una determinada oferta. Si el representante le decía que el cliente estaba estudiándola, Harro le sugería una visita. El representante le respondería que trataría de concertar una para la semana siguiente. Harro replicaría que nada de la semana siguiente sino ahora mismo. Imposible, afirmaría el representante. Harro le cogería del brazo, recogería un fajo de revistas del área de recepción y se dirigiría inmediatamente a la oficina en cuestión. Tras anunciar su llegada, esperarían una, dos o incluso tres horas, lo que fuera preciso, hasta que les recibieran. Mientras tanto Harro se entretendría en hablar con la recepcionista acerca de la empresa, en acosar al representante de Semco acerca de sus otras cuentas o en leer las revistas que había traído consigo.

Me acuerdo que una vez charlando con Didac Lee, consejero y amigo, me comentó que al poco de empezar comprendió que su labor era vender y que tenía que echarse en los hombros esa responsabilidad para salir adelante.

O resumiendo todo esto con un dicho español: “el que quieras peces que se moje el culo”