Como el último capítulo de mi libro “La aventura de emprender» se titulaba 11/11/11 creo que la mejor forma de comenzar «mi segunda temporada» es justo con el día después, el 12 de noviembre de 2011. Tras poner fecha a mi salida de Bubok y haber pasado un mala racha emocional, me planté en casa de mi amiga Almu, en un viejo molino restaurado junto a un río perdido del norte de España. No tenía claro a que iba, pero si sentía que tenía que estar allí.

Aún no tenía claro que iba a ser de mi futuro, me había comprometido a vender Bubok en menos de un año, pero no sabía ni por donde empezar. Además durante el verano de ese mismo año mi socio Sergio Mejías y yo yo en un viaje de trabajo a Suecia empezamos a pensar qué cosas nuevas podíamos hacer. De ahí surgió la idea de montar comercios electrónicos de forma rápida y ver qué tal funcionaban. Se nos ocurrió uno de guitarras españolas, otro de bicicletas y otro de muebles japoneses… El caso es que no me preguntéis por qué, decidimos empezar por los muebles. Aunque la idea era tenerlo en 3 meses, la cosa fue degenerando: de japonés pasamos a oriental en general, luego a zen y luego al estilo de vida que ellos representaban, y de muebles pasamos a cualquier artículo de decoración o servicios relacionados. Pero estábamos ya acabando el año y aún no tenía forma.

Me cuesta expresar lo que aprendí aquel fin de semana, pero creo que principalmente descubrí que todos estamos unidos y que lo que hacemos tiene repercusiones en el resto, pero a un nivel más evidente de lo que puede parecer. Por ejemplo, si por la mañana me levanto cabreado y voy a la oficina en ese estado, generaré un mal ambiente en el trabajo, que ese mismo día se volverá contra mí en una mala contestación o enfado por parte de alguien. Aquello del karma y «amar a los demás como a uno mismo» era más tangible de lo que nunca había imaginado. En general recordé muchas cosas que sabía o me habían contando, pero como si me hubiera caído una venda de los ojos, las empecé a comprender en su sentido más profundo. Aquella especie de despertar del letargo en el que me había sumido, que al principio era imperceptible, no fue hasta meses más tarde que empecé a notar los efectos, pero sí sentía que aquello era importante. Tanto, que lo primero que decidí al volver a Madrid fue compartirlo con mi mujer. Creo que en los temas de crecimiento personal es bueno que las parejas vayan alienadas, si no los caminos se separan rápidamente. También sentí que debía compartirlo con más gente, así que como yo lo que sabía era crear empresas, tenía que ver cómo crear un modelo de negocio en torno a aquello que había aprendido, pero lo primero era seguir formándome y aprendiendo. Así que dediqué los siguientes 6 meses a estudiar, practicar e investigar cosas de lo más variado: reiki, filosofía, yoga, radiestesia, neurociencia, meditación, nutrición… E iba incorporando estas cosas al nuevo proyecto que estábamos ideando de «estilo de vida zen» que es como lo llamábamos por entonces, pero tocaba ya ponerle un nombre. Así que le pregunté a Almu cómo sentía el nacimiendo ligado a su casa, que se si le ocurría algo, y me dijo:

– Hay un mantra que suele usar Amma que me acabo de venir, es «lokah samastah sukhino bhavantu», échale un ojo a ver si te puede ayudar…

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