Hay vidas que merecen ser contadas.

Yo he tenido la suerte de conocer a unas cuantas personas, cuyas historias me han llegado a lo más hondo del corazón.  Y una de ellas ha sido la de Joy, una niña de Uganda que ha llevado una vida complicada.

Joy, que en inglés significa “alegría”, tiene una historia que parece más ficción que realidad. Me gustaría compartirla con vosotros para que conozcáis el milagro que consiguió a través de la música. Aquí te dejo el vídeo.

La historia de Joy me llevó a una profunda reflexión que me gustaría compartir en este artículo.

He podido hablar con algunas familias que han acogido a niños del Coro Safari, y todas tienen algo en común; su gratitud. Aunque, a priori, puedes pensar que son los niños acogidos quienes tienen más motivos de mostrar su gratitud, lo cierto es que son las familias quienes más agradecidas se sienten por este acto.

La labor de estas personas que acogen a los niños ofrecen su ayuda desinteresada. Lo que no saben es que también reciben una gran ayuda a cambio.

Pude asistir a una de las actuaciones que el coro hacía en un colegio, y todos los alumnos, como los demás asistentes, hablaron de las lecciones que habían recibido de aquellos niños.

Cuando terminó la actuación, de manera espontánea, todos les hicieron un largo pasillo para aplaudir y ovacionar a los niños del coro. Un pequeño gesto que me llegó al alma.

Por ello he lanzado esta pregunta que se despertó en mí: ¿Quién ayuda a quién?

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