fbpx

Cuando Dios estaba trabajando afanosamente creando el mundo, los cielos y la tierra, el día y la noche,  el sol y la luna, los peces y las aves…, se encontró con una dificultad que no sabía cómo solventar. Y no fue a la hora de crear al ser humano, no. El problema le surgió en el momento de decidir dónde colocar su felicidad. 

Tuvo claro dónde situar el cielo, dónde poner la luna y el sol, en qué lugar poner a los peces y que otros animales, junto con los humanos, debían estar sobre la tierra. Pero, ¿y la felicidad? Dios sabía que era un bien muy preciado y que los humanos dedicarían todos sus esfuerzos en encontrar. Precisamente, por ser algo tan valioso, tenía que pensar en un sitio que les resultara muy difícil de hallar.

Después de tener todo el universo creado, llegó el séptimo día y Dios descansó. Y lo hizo porque necesitaba meditar y reflexionar detenidamente sobre el lugar en el que decidiría colocar la felicidad.

— ¿Y si la pongo en el fondo de un océano? —pensó Dios. Pero  descartó rápidamente esa idea —: No, porque Jacques Cousteau seguro que la encuentra fácilmente.

Siguió pensando y se le ocurrió:

—¡Ya sé! En lo alto de una montaña —pero al cabo de unos minutos, encontró un nuevo argumento que desestimó esa idea —:No, los de “Al filo de lo imposible” irán allí arriba cada dos días y la descubrirán.

—Pues entonces, ¡en el subsuelo! —aunque enseguida halló un motivo para descartar esa nueva propuesta —: No, en cuanto empiecen las obras de Madrid, la encuentran.

Así que, después de seguir pensando durante horas y horas, y a punto de que el séptimo día acabara, Dios encontró la solución:

—¡Lo tengo! Pondré la felicidad en el último lugar al que a un ser humano se le ocurriría mirar; en su interior.