Había una vez, una niña que paseaba por la orilla de la playa con su abuelo. El día anterior, había habido un fuerte temporal, y la orilla estaba plagada de erizos de mar. 

El anciano, cada pocos pasos, se agachaba, cogía un erizo y lo lanzaba con fuerza al agua para devolverlo al mar. Repetía ese gesto mientras caminaba con su nieta, pues la orilla estaba repleta de esos erizos. 

La niña observaba los movimientos de su abuelo con atención y, pasado un rato, le preguntó:

— Abuelo, ¿qué estás haciendo?

A lo que el abuelo respondió:

—Recojo los erizos de mar que han quedado varados en la arena y los devuelvo al mar, de lo contrario, muchos morirán.

La niña se queda pensando un instante y añade:

—Pero, abuelo, lo que haces no va a cambiar la situación. Hay miles de erizos en esta playa y no podrás salvarlos a todos. Los pocos erizos que devuelves al mar, no supone ninguna diferencia. Lo que haces, no tiene sentido…

El abuelo, mira a su nieta con ternura, agarra un nuevo erizo del suelo, se lo muestra a la niña y antes de lanzarlo al mar con todas sus fuerzas, le dice: 

Para este, sí que ha tenido sentido.

La pequeña se quedó algo desconcertada pero dejó que las palabras de su abuelo calaran hondo en su corazón. Siguió caminando a su lado, se agachó y  le ayudó en su labor de salvar erizos.

FIN

A veces queremos ser muy influyentes y hacer grandes cosas, y no hacemos nada porque pensamos que no podemos abarcar mucho. 

Cada vez creo más en el poder de los pequeños. Nadie puede hacer grandes cosas por sí solo.  Cualquier gran empresario, político, militar, científico… siempre ha tenido que contar con un gran equipo, ya sean empleados, colaboradores o un ejército. Así que creo que debemos preocuparnos más de los «erizos de mar que nos rodean», y si quieres salvar a todos los erizos de la playa simplemente busca a más gente, ¿no te parece?