No es la primera vez que me he encontrado bloqueado en un atasco de la A5, en dirección a Madrid. De hecho, una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida, la de ser emprendedor, nació precisamente en un atasco.

En otras ocasiones, he sido paciente y me he resignado al lento caminar de otros conductores en mi misma situación. Sin embargo, la otra mañana decidí tomar la primera salida que encontré a mi derecha. Me llevaba a una zona que no conocía y me sorprendió tanto esa vía que circulaba paralela a la A5, que decidí pararme en cuanto para sacarle una fotografía. Ese breve descanso me sirvió para pensar.

A escasos metros, a mi izquierda, casi podía oler el malhumor de cientos de conductores que tocaban el claxon desesperados, protestaban o esperaban resignados que el tráfico comenzara a fluir. Y allí me encontraba yo, al otro lado, en una calle completamente vacía, tranquila. Posiblemente, iba a tardar el mismo en llegar a mi destino yendo por la calle de al lado, que moviéndome un par de metros cada minuto. Tendría que callejonear, respetar los semáforos y pasos de cebra, y posiblemente recorrer más kilómetros que por la A5. Sin embargo, mi propósito, que era llegar a mi destino, lo iba a conseguir igualmente, aunque de una manera mucho más relajada.

Aquella situación me pareció una buena metáfora de vida: la mayoría de veces, intentamos ir por el camino conocido, el que nos enseñaron a transitar, el que creemos más seguro. Pero en otras ocasiones, tenemos que atrevernos a explorar nuevas rutas, a descubrir nuevos caminos. Los más osados, incluso a inventarlos.

Y eso me llevó a pensar en la etimología de emprendedor, concepto íntimamente ligado al vocablo francés “entrepeneur”; aventureros que viajaban al Nuevo Mundo en busca de oportunidades. Oportunidades de vida inciertas, porque no podían saber lo que les esperaba al otro lado. Los franceses extendieron este término a los expedicionarios militares y, posteriormente, a los arquitectos y a los constructores de puentes y caminos.

Con esta pequeña anécdota quiero reflejar que, aunque a veces pensemos que no tenemos otro camino, que no hay salida, siempre están ahí. Puede que incluso a pocos metros de donde te encuentras, en la calle de al lado, justo en la primera salida que ves a tu derecha. Puede que no los hayas visto porque estaban tapados por edificios, árboles o algún muro. Pero también puede que estén ocultos por nuestra propia autocomplacencia.

Ayer me tocó coger la A5 para entrar en Madrid en hora punta, supongo que por la huelga de Metro estaba especialmente congestionada. No soy gran amigo de los atascos y eso que que seguramente de las mejores decisiones que he tomado, hacerme emprendedor, la tomé gracias a ellos. Así que cogí una de las primeras salidas que había a la derecha, de un barrio poco conocido, me sorprendió tanto la calle paralela a la propia A5 que me paré en medio a sacarle la foto con la que empieza este post, porque me dio por pensar.

A escasos 50 metros había un montón de coches atacados, gente malhumorada tocando el claxon y otros simplemente intentando digerirlo de la mejor forma posible y allí estaba yo en un calle vacía, tranquila, que aunque seguramente fuera a tardar el mismo tiempo porque luego había que callejear un poco más, me permitió hacerlo de manera relajada. Me pareció una buena metáfora de vida: creo que la mayoría intenta ir por el camino conocido, cómodo, el que nos enseñaron a transitar, otros se atreven a explorar nuevas rutas, descubrir caminos o sino inventárselos y me recordó a la etimología de emprendedor, estrechamente ligada con el vocablo francés entrepreneur, que aparece a principios del siglo XVI haciendo referencia a los aventureros que viajaban al Nuevo Mundo en búsqueda de oportunidades de vida sin saber con certeza que esperar, o también a los hombres relacionados con las expediciones militares. A principios del siglo XVIII los franceses extendieron el significado del término a los constructores de puentes, caminos y los arquitectos.

A veces pensamos que no tenemos salida o más caminos, pero están ahí, a escasos 50 metros, a veces tapados por edificios y otras por nuestra propia autocomplacencia.

Deja un comentario