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Ángel María

Asumir la verdad más profunda y dolorosa, me hizo evolucionar.

Hace aproximadamente diez años que cambié mi residencia a la casa en la que ahora vivo, donde tengo una zona de jardín. 

Siguiendo la moda del momento, quise tener mi propio huerto urbano ya que tenía espacio para ello y me pareció una idea muy interesante.

Empecé a informarme sobre qué productos podía empezar a plantar, dada mi nula experiencia y escasos conocimientos en horticultura, y me lancé a la aventura.

El primer año, planté unas zanahorias que llegaron a crecer apenas unos dos centímetros. 

Luego probé con las lechugas, otro año también con unos tomates, con los que me ayudó mi prima, quien me indicó la forma de colocar unos palos para sostener la tomatera. Llegó a brotar alguno, igual que lechugas, pero, junto con las zanahorias, solo podía preparar ensaladas para los pitufos (y se quedarían con hambre).

Durante diez años, he seguido insistiendo en mantener mi huerto urbano, del que incluso conseguí obtener unas berenjenas monísimas, pero escasas. 

Llevábamos juntos mucho tiempo, nos habíamos cogido cariño, a pesar de que él no me daba lo que yo le pedía, y quizás, yo tampoco sabía darle los cuidados que él necesitaba.

Hasta que esta primavera, antes de comenzar la nueva siembra, le pregunté a mi suegro, un hombre de campo que ha cultivado hortalizas durante toda su vida, por qué no obtenía unos frutos de calidad, qué debía de hacer para que las zanahorias, las lechugas, calabacines o los tomates que plantaba, se pudieran ver sin necesidad de una lupa de aumento. Quería que me ayudara a mejorar mis cuidados, que me diera consejos, técnicas, productos especiales con los que conseguir los frutos que deseaba.

La pregunta que me hizo, me sirvió de respuesta: «¿es que tú no has visto la tierra que tienes?».

Así es. Así de sencillo. No era una tierra cultivable, sino para jardín de césped. No era apropiada para que nacieran lechugas ni tomates ni ninguna otra verdura, por mucho que yo lo intentara y le pusiera todo mi esmero.

Un esmero que, ahora me doy cuenta, tampoco era tanto, porque de haberlo sido, posiblemente me habría dado cuenta mucho antes, de que no estaba sirviendo de nada.

La sabiduría popular me hizo, por fin, ver que ni aquella tierra era apropiada para plantar un huerto y, lo más importante, que yo tampoco tengo madera de horticultor, porque no es mi verdadero propósito, era esa la verdad más profunda y dolorosa, pero que asumirla me hizo evolucionar.

Quizás me había dejado llevar por la moda, por lo que otros decían, por una costumbre en auge que en realidad tampoco estaba conectada con mi espíritu, pues me di cuenta de que yo lo que realmente quería era un jardín zen. 

A partir de ese momento, todo fue mucho más fluido. Eso no implica que fuera más sencillo, pues también ha precisado mi tiempo, mi trabajo, mi dedicación. 

Compré diferentes piedras ornamentales (más de 300 kg en total) en varios proveedores, busqué las plantas que más me gustaban (cada una tiene su propia historia), obtuve importantes aprendizajes mientras lo confeccionaba y empecé un proceso que me ha ofrecido un resultado más gratificante, del que me siento muy orgulloso y que sí está conectado con mi esencia. Un espacio del que su simple contemplación ya me produce placer. 

He compartido el proceso de creación del jardín en mis redes. Si no lo habéis visto, os dejo aquí el vídeo:

No desestimes la ocasión de conectar contigo, con eso que realmente has venido a hacer a este mundo, porque de lo contrario, puedes estar ocupando un bonito espacio de tu jardín, durante muchos años, en algo que no te aporta nada y que has hecho porque en su momento era lo que la sociedad te indicaba que era lo que tenías que hacer. ¿Te suena de algo?

Ángel María
Ángel María

Emprendedor orientado a Propósito, fundador de proyectos como Medios y Redes, Influenzia, Bubok, Iniciador o Leemur. Calificado por Forbes como una de las 100 personas más creativas del mundo de los negocios. Ayudo a personas y organizaciones a identificar su Propósito Transformador.

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